viernes, 1 de diciembre de 2006
viernes, 15 de septiembre de 2006
La Filemona
Es como un gran drama trágico: el héroe pide silencio a sus espectadores ideales, empuña su espada y se interna en el egeo; es como una nota alta sostenida por la soprano en una vieja ópera, es recordar los viejos tiempos de amor y paz: de la psicodelia, de los 60´s, de un ideal, de la lucha con flores contra una guerra de bombas, balas y explosiones.
Es, sin duda, el invento más perfecto del ingenio germano, es, o fue, mi primer auto.
El otro día la dejé estacionada frente a la casa en el desnivel que forma la entrada sus faros miraban al poniente, esos faros con personalidad, redondos, como ojos de inocente, estaba inclinada mirándome llegar de frente a ella, me miraba, lo juro, casi con inteligencia, casi con tristeza, no sé cómo decirlo. Su parabrisas grande y abombado, emulaba una frente amplia, sus limpiadores eran como pestañas arqueadas hacia arriba, expresaban sorpresa o tristeza o casi miedo. Conforme me fui acercando la pude escuchar, temblaba, sus puertas de pasajeros (que no cerraban bien por falta de gomas) hacían el ruido característico de la lluvia en un tejado, asombrado, me paré a un lado de la puerta de conductor, saqué mi juego de llaves y la abrí, entré, me senté en el asiento y, como reacción habitual, pise el freno, estaba tenso, como si alguien lo estuviera pisando, me pareció extraño, supuse que las balatas estarían aferradas a los discos. Bajé, cerré la puerta, me acerqué al retrovisor y pregunté, como para mí mismo: Filemona ¿qué te pasa?
Es que ya me voy, y no quiero.
Es, sin duda, el invento más perfecto del ingenio germano, es, o fue, mi primer auto.
El otro día la dejé estacionada frente a la casa en el desnivel que forma la entrada sus faros miraban al poniente, esos faros con personalidad, redondos, como ojos de inocente, estaba inclinada mirándome llegar de frente a ella, me miraba, lo juro, casi con inteligencia, casi con tristeza, no sé cómo decirlo. Su parabrisas grande y abombado, emulaba una frente amplia, sus limpiadores eran como pestañas arqueadas hacia arriba, expresaban sorpresa o tristeza o casi miedo. Conforme me fui acercando la pude escuchar, temblaba, sus puertas de pasajeros (que no cerraban bien por falta de gomas) hacían el ruido característico de la lluvia en un tejado, asombrado, me paré a un lado de la puerta de conductor, saqué mi juego de llaves y la abrí, entré, me senté en el asiento y, como reacción habitual, pise el freno, estaba tenso, como si alguien lo estuviera pisando, me pareció extraño, supuse que las balatas estarían aferradas a los discos. Bajé, cerré la puerta, me acerqué al retrovisor y pregunté, como para mí mismo: Filemona ¿qué te pasa?
Es que ya me voy, y no quiero.
domingo, 10 de septiembre de 2006
Fragmento: biografía
“Aunque obstruya las tierras y las aguas, sin embargo, el cielo ciertamente está abierto; iremos por allí: ¡aunque posea todas las cosas, Minos no posee el aire!”
------ Ovidio, Las Metamorfosis: VIII-II
Tres pares de ojos, seis globos en total, desde lo alto miran la tierra: sus campos, sus cerros, ríos, calles, edificios y grandes avenidas, todo parece salido de la postal de un país lejano, tal visión roza con lo irreal ¿quién hubiera podido concebir tal prodigio? El avión: los hermanos Wright, el barón rojo, Jules Verne, el globo aerostático, la vuelta al mundo, Mario Moreno, Air France, Osama. Las nubes son muy parecidas al vapor delicado que emana del agua hirviendo para preparar gelatina en casa y si uno atraviesa una nube las gafas escurren gon gotitas de agua, como la que queda en los cuerpos después de tomar un baño de vapor. ¡Mira! Si sacas la cabeza por tu izquierda, verás que los campos que fumigamos son tan vastos, que ni con nuestra altura podemos verlos todos ¡mira! Con nuestra altura, las explosiones allá abajo parecen como ondas en un lago, las piedras que aventamos ruedan y tiran casas y le cortan las piernas a los niños ¡Mira! ¿Quién hubiera podido concebir tal prodigio? Aeronauta, tú, como Dédalo desafías tu naturaleza, como Ícaro, su hijo, no tienes más que atenerte a las consecuencias de tu propia vanidad, tus alas, endebles, apenas te logran sostener y nada más que tu propia estupidez será la que te precipite al profundo y negro mar.
www.aeronauta.tk
------ Ovidio, Las Metamorfosis: VIII-II
Tres pares de ojos, seis globos en total, desde lo alto miran la tierra: sus campos, sus cerros, ríos, calles, edificios y grandes avenidas, todo parece salido de la postal de un país lejano, tal visión roza con lo irreal ¿quién hubiera podido concebir tal prodigio? El avión: los hermanos Wright, el barón rojo, Jules Verne, el globo aerostático, la vuelta al mundo, Mario Moreno, Air France, Osama. Las nubes son muy parecidas al vapor delicado que emana del agua hirviendo para preparar gelatina en casa y si uno atraviesa una nube las gafas escurren gon gotitas de agua, como la que queda en los cuerpos después de tomar un baño de vapor. ¡Mira! Si sacas la cabeza por tu izquierda, verás que los campos que fumigamos son tan vastos, que ni con nuestra altura podemos verlos todos ¡mira! Con nuestra altura, las explosiones allá abajo parecen como ondas en un lago, las piedras que aventamos ruedan y tiran casas y le cortan las piernas a los niños ¡Mira! ¿Quién hubiera podido concebir tal prodigio? Aeronauta, tú, como Dédalo desafías tu naturaleza, como Ícaro, su hijo, no tienes más que atenerte a las consecuencias de tu propia vanidad, tus alas, endebles, apenas te logran sostener y nada más que tu propia estupidez será la que te precipite al profundo y negro mar.
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sábado, 2 de septiembre de 2006
¿por qué al otro lado del mundo los autos se manejan al revés?
¿Por qué todos extrañamos al Crazy y sus interminables pláticas sobre las hormigas y sus múltiples inventos?
miércoles, 2 de agosto de 2006
Blog
Me encuentro acostado en la cama de alguien más, en un colchón con una historia indescifrable, incógnita. Las huellas y los rastros en él me hacen pensar en fornicaciones placenteras y dolorosas, en pesadillas terribles y sueños dulces; su irregularidad me recuerda a un paraje desértico: un alto cerro y una enorme y alargada planicie, más bien como un valle. Recuerdo la pena y con rencor veo tras mis ojos, dentro de mis párpados la desilusión de una vida que al mismo tiempo es muy pronto para evaluar pero lo suficientemente larga para mirar atrás y comparar el momento actual con tiempos pasados. Aun tengo la misma duda: ¿dónde está? Esta duda, cómodamente general, evita que me detenga y al mismo tiempo me cerca, me doma. Me siento, en esta vida, como un cordero dentro de un corral, iluso, pastante, in-intencionado. No conozco más que lo que me han mostrado, lo que alcanzo a ver más allá de mi cerca, lo que veo cuando miro hacia arriba, lo que veo cuando ando con la cabeza baja y todo me parece tan real y tan inalcanzable. No puedo alcanzar las estrellas, no puedo correr más rápido de lo que mis piernas me lo permiten, no puedo subir más alto de lo que mis pulmones soportan, no puedo comer más de lo que cabe en mi estómago: estoy confinado a este corral y me quejo por ello, lloro por mis limitaciones, lloro ante los sacrificios, ante los holocaustos y ante la carne podrida de los que están junto a mí; ante la felicidad de los que tienen otro mundo, ante los que se refugian en ti, ante los que no te creen, ante los que, abstraídos, golpean sus cabezas en fieras batallas.
¿Dónde está? Mi pregunta multipropósitos, mi pregunta salvadora, mi látigo, mi domadora.
He escuchado tantas voces ya, tantas lenguas diferentes, he mirado tantos ojos, he pisado tantas tierras, he visto el cielo desde diferentes perspectivas, me he sobrecogido ante visiones tan distintas, ante ruidos tan diversos. Yo no busco –como sería lógico para responder mi pregunta –porque aunque lo hiciera no sabría cuando encontrará lo que estoy buscando, es, como dije, una simple justificación, un pretexto, una premisa, una falacia, una tautología, un mantra. Estoy, en definitiva, perdido. Soy demasiado escéptico para creer en el más allá pero tan miedoso como para negarlo: por eso mantengo mi duda, para poder levantarme, para vencer mi indiferencia a bañarme, para comer y para la lista interminable de pensamientos que debo pensar y para la lista reducida de cosas que puedo y me veo obligado a hacer: para no detenerme y convertirme en una piedra. Es extraño, normalmente la gente actúa sobre o a consecuencia de lo que cree son sus certezas –aunque yo sé que las certezas siempre refugian una duda en su interior: Cristóbal Colón se aventuró a la mar creyendo que llegaría a la India, las misiones espaciales salieron del planeta sabiendo que sus máquinas no les fallarían; creyendo que lo que hacían era posible, la gente se duerme sabiendo que mañana despertarán con el sol asomándose nuevamente por sus ventanas, salen a trabajar sin preguntarse si su casa seguirá donde la dejaron –y en todo esto cabe la duda. Yo no, yo me muevo por mi duda, porque no estoy seguro de qué sucederá, me muevo huyendo de la posibilidad de que las cosas cambien mientras estoy ahí, aunque cuando me voy no sé si las cosas seguirán ahí, me fascina y aterra la idea de que las cosas dejen de estar en el lugar que recuerdo, de que la ciudad cambie la orientación de sus calles, de que el sol salga por el otro lado, de que no haya luna en la noche, de que las estrellas sean verdes o moradas, de que el volcán que veo todos los días ya no esté más ahí, de que las flores sean otra cosa. No quiero estar ahí cuando las cosas cambien. Por eso hago lo que hago, espero la muerte para saber qué hay después de esto y me aterra pensar que sí hay algo y que no cumplir con lo que se supone debo cumplir ahora para llegar a uno o a otro lado después de la vida y que el infierno existe y que el paraíso y la eterna recompensa también.
La duda, mi duda, es la respuesta –incongruente –al miedo, pero la prefiero así.
¿Dónde está? Mi pregunta multipropósitos, mi pregunta salvadora, mi látigo, mi domadora.
He escuchado tantas voces ya, tantas lenguas diferentes, he mirado tantos ojos, he pisado tantas tierras, he visto el cielo desde diferentes perspectivas, me he sobrecogido ante visiones tan distintas, ante ruidos tan diversos. Yo no busco –como sería lógico para responder mi pregunta –porque aunque lo hiciera no sabría cuando encontrará lo que estoy buscando, es, como dije, una simple justificación, un pretexto, una premisa, una falacia, una tautología, un mantra. Estoy, en definitiva, perdido. Soy demasiado escéptico para creer en el más allá pero tan miedoso como para negarlo: por eso mantengo mi duda, para poder levantarme, para vencer mi indiferencia a bañarme, para comer y para la lista interminable de pensamientos que debo pensar y para la lista reducida de cosas que puedo y me veo obligado a hacer: para no detenerme y convertirme en una piedra. Es extraño, normalmente la gente actúa sobre o a consecuencia de lo que cree son sus certezas –aunque yo sé que las certezas siempre refugian una duda en su interior: Cristóbal Colón se aventuró a la mar creyendo que llegaría a la India, las misiones espaciales salieron del planeta sabiendo que sus máquinas no les fallarían; creyendo que lo que hacían era posible, la gente se duerme sabiendo que mañana despertarán con el sol asomándose nuevamente por sus ventanas, salen a trabajar sin preguntarse si su casa seguirá donde la dejaron –y en todo esto cabe la duda. Yo no, yo me muevo por mi duda, porque no estoy seguro de qué sucederá, me muevo huyendo de la posibilidad de que las cosas cambien mientras estoy ahí, aunque cuando me voy no sé si las cosas seguirán ahí, me fascina y aterra la idea de que las cosas dejen de estar en el lugar que recuerdo, de que la ciudad cambie la orientación de sus calles, de que el sol salga por el otro lado, de que no haya luna en la noche, de que las estrellas sean verdes o moradas, de que el volcán que veo todos los días ya no esté más ahí, de que las flores sean otra cosa. No quiero estar ahí cuando las cosas cambien. Por eso hago lo que hago, espero la muerte para saber qué hay después de esto y me aterra pensar que sí hay algo y que no cumplir con lo que se supone debo cumplir ahora para llegar a uno o a otro lado después de la vida y que el infierno existe y que el paraíso y la eterna recompensa también.
La duda, mi duda, es la respuesta –incongruente –al miedo, pero la prefiero así.
sábado, 10 de junio de 2006
en venganza
¿Cómo algunos sonidos en lengua extraña pueden conmovernos? Algunos y otros sostienen que la poesía entra por los sentidos y se instala en el ánimo para moverlo, ora a la euforia ora a la depresión. Yo siempre sostuve que la poesía, como la mayor parte de las artes, deben antes pasar por el tamiz de la razón y la inteligencia, es decir, que no sería posible "el éxtasis inocente". Escuché también que la poesía y el arte verdadero trascienden fronteras de todo tipo, entre ellas las del lenguaje.
Ciertamente el escocés, ese que se hablaba en Glasgow antes de que el imperio británico se adjudicara las tierras altas, es una lengua lejana geográficamente a mi español mexicano, sin embargo no puedo sacarme de la cabeza la frase que escuché y escucharé hasta el cansacio:
Arbed amser ar ben fy hun
Cynal cof ac atgofion blin
Pwyth am bwyth
Chwant am chwant
----Mogwai
Siempre me quise hacer el muy maloso pensando quela poesía "no me pegaba" como a todos -aunque debo reconocer que mi sentido estético y animal (de ánimo) está un poco atrofiado; sin embargo, ahora que lo pienso lo mismo me pasaba con los hai-kais. Cuando los escuché por priera vez en voz de Kioko. No lo quería reconocer, pero creo que ya es hora:
silencio,
salta la rana
la gota de agua
Ciertamente el escocés, ese que se hablaba en Glasgow antes de que el imperio británico se adjudicara las tierras altas, es una lengua lejana geográficamente a mi español mexicano, sin embargo no puedo sacarme de la cabeza la frase que escuché y escucharé hasta el cansacio:
Arbed amser ar ben fy hun
Cynal cof ac atgofion blin
Pwyth am bwyth
Chwant am chwant
----Mogwai
Siempre me quise hacer el muy maloso pensando quela poesía "no me pegaba" como a todos -aunque debo reconocer que mi sentido estético y animal (de ánimo) está un poco atrofiado; sin embargo, ahora que lo pienso lo mismo me pasaba con los hai-kais. Cuando los escuché por priera vez en voz de Kioko. No lo quería reconocer, pero creo que ya es hora:
silencio,
salta la rana
la gota de agua
lunes, 22 de mayo de 2006
Vértigo
En sus sueños más felices no deja de volar y en sus pesadillas más terribles siempre está en lugares altos y ahí, no es miedo lo que siente, sino vértigo.
–¿Le temes al éxito? –Afortunadamente no tenía que pagar por esa consulta, Jacqueline era sicoanalista y además una excelente amante.
–¿Miedo? No, yo no diría que es miedo, es más bien aversión, rechazo. En resumen, y con esto facilito tu labor, no quiero ser como mi padre.
–¿Le temes al éxito? –Afortunadamente no tenía que pagar por esa consulta, Jacqueline era sicoanalista y además una excelente amante.
–¿Miedo? No, yo no diría que es miedo, es más bien aversión, rechazo. En resumen, y con esto facilito tu labor, no quiero ser como mi padre.
lunes, 8 de mayo de 2006
Baba de perico, baba gato, las babas del diablo
Antes que nada, debo dejar perfectamente claro que padezco un desorden obsesivo-compulsivo hasta creo que tuve, en cierto momento de mi niñez, algunos síntomas propios del autismo. Sin embargo, y no quiero pensar que sea por ese historial clínico, a pesar de estar conciente, seguro -positive dijeran los gringos -de que en el mundo son muchas más las cosas que nos pesan y nos abruman, hay otras, que como las de hoy, me permiten repetir pasajes una y otra vez, repetírselos a otros hasta el casancio, hasta que se harten, sólo para mi diversión, para mi alegría. Pasajes, frases, sustantivos, pronombres o artículos que desde que los leo o escucho, me hacen feliz. Feliz de una manera un poco enferma e insana, no sé, pero felicidad es felicidad. Hoy recuerdo de hoy, y espero que por muchos días:
"Pero el sol estaba también ahí, cabalgando el viento y amigo de los gatos,(...)."
Cortazitar, ese sí es un genio. ¿Quién en la vida pudo haber acuñado frase tan genial, tan llena de vida y brío? (Es pregunta retórica). Tan genial como para emocionarme tanto: y amigo de los gatos,. Sólo Cortázar.
"Pero el sol estaba también ahí, cabalgando el viento y amigo de los gatos,(...)."
Cortazitar, ese sí es un genio. ¿Quién en la vida pudo haber acuñado frase tan genial, tan llena de vida y brío? (Es pregunta retórica). Tan genial como para emocionarme tanto: y amigo de los gatos,. Sólo Cortázar.
domingo, 30 de abril de 2006
Para quien se interese.
El texto se encuentra en este blog fechado septiembre 28, debo reconocer que en realidad el texto es muy malo, es más bien un texto "situacional" con ningún valor liteario...lo reconozco.
miércoles, 12 de abril de 2006
El culo de Palinuro
STATELY, PLUMP BUCK MULLIGAN CAME FROM THE STAIRHEAD, bearing a bowl of lather on which a mirror and a razor lay crossed. A yellow dressing gown, ungirdled, was sustained gently-behind him by the mild morning air. He held the bowl aloft and intoned:-- Introibo ad altare Dei.
---------James Joyce, Ulysses
Introibo ad altare Dei, Buck Mulligan, haciendo una obvia burla del caminar ceremonioso de los sacerdotes al entonar esta parte del Introito, llama a su amigo el jesuita miedoso, Stephen, para hablar con él mientras se rasura.
Palinuro espera que le afeiten el culo, donde descubren el ojo de vidrio de algún general, El ojo universal.
Qué pena..qué pena.
miércoles, 5 de abril de 2006
De la poblaneidad (mensaje a los organizadores: Puebla 475)
Señores:
Resulta para mí una gran contrariedad ver cuánto se "anuncia y pregona a grandes voces" lo orgullosos que nos debemos sentir -que sin duda lo estoy -de ser poblanos y vivir en Puebla cuando en mis diaras caminatas por el centro y mi desplazamiento por sus calles no veo sino edificios derruidos y sucios. Eso me parece, no sé, evitable, mejorable, solucionable. Me parece que una "celebración más digna" sería rescatar todos esos edificios y educar a las generaciones más jóvenes en el aprecio y cuidado de estas joyas. Sé que es difícil y que esto depende de otros muchos factores, pero creo que si se piensa "más-bien a largo plazo" y no tanto en celebraciones anuales, esto es posible.
Quisiera poner especial énfasis en un edificio-estructura, que me causa especial lástima y que, para los que la conocemos, no podemos sin coincidir en la maravilla que es: hablo del "Puente de México" que se encuentra donde terminan/empizan la prolongación reforma y el ahora Boulevard Forjadores (antes federal a a Cholula). Esta estructura lleva años (siglos) en pie y no tengo conocimiento de que se le haya dado mantenimiento y ahí sigue, olvidada en el extremo de la ciudad, sucio, maltrecho, golpeado, sin protecciones adecuadas para los conductores, transeúntes y para la estructura misma.
Volviendo a mi idea de "una celebración más digna" me gustaría ver que estas estructuras tan viejas como la ciudad misma, sean tratadas, curadas, restauradas y protegidas adecuadamente, para que sigan prestando el servicio que por siglos han prestado a la ciudad.
Resulta para mí una gran contrariedad ver cuánto se "anuncia y pregona a grandes voces" lo orgullosos que nos debemos sentir -que sin duda lo estoy -de ser poblanos y vivir en Puebla cuando en mis diaras caminatas por el centro y mi desplazamiento por sus calles no veo sino edificios derruidos y sucios. Eso me parece, no sé, evitable, mejorable, solucionable. Me parece que una "celebración más digna" sería rescatar todos esos edificios y educar a las generaciones más jóvenes en el aprecio y cuidado de estas joyas. Sé que es difícil y que esto depende de otros muchos factores, pero creo que si se piensa "más-bien a largo plazo" y no tanto en celebraciones anuales, esto es posible.
Quisiera poner especial énfasis en un edificio-estructura, que me causa especial lástima y que, para los que la conocemos, no podemos sin coincidir en la maravilla que es: hablo del "Puente de México" que se encuentra donde terminan/empizan la prolongación reforma y el ahora Boulevard Forjadores (antes federal a a Cholula). Esta estructura lleva años (siglos) en pie y no tengo conocimiento de que se le haya dado mantenimiento y ahí sigue, olvidada en el extremo de la ciudad, sucio, maltrecho, golpeado, sin protecciones adecuadas para los conductores, transeúntes y para la estructura misma.
Volviendo a mi idea de "una celebración más digna" me gustaría ver que estas estructuras tan viejas como la ciudad misma, sean tratadas, curadas, restauradas y protegidas adecuadamente, para que sigan prestando el servicio que por siglos han prestado a la ciudad.
miércoles, 29 de marzo de 2006
Epifania (1)
Oro, frenesí absoluto por la posesión, infame deseo de lo efímero, cruel tragedia andante, veneno de las entrañas.
Dime: ¿cuál de todos estos prefires, hijo? La miró y volteó inmediatamente, fijando su mirada allá, en el horizonte, más allá del reluciente cristal de la ventana, allá, donde la mirada sólo especula. Sobre la mesa había dejado tres cajas pequeñas, cada una más interesante que la que la flanqueaba, no sé, estaba confundido, las quiero todas, ella le había dicho que sólo podía esoger una este año. Daba igual cuál escogiera, de cualquer modo no conocía su contenido, así que lo que sea que está dentro, es ganancia, no puede ser tan malo, en mi cumpleaños sólo cosas buenas me pueden dar. ¡Quiero esta! Saltó de la silla, qué tendrá, no sé, abrirla. Con cuidado. La cajita era de madera, pintada de azul con volutas color oro sobre la tapa, los lados y la base. En la parte de atrás, donde se articulaban unas bisagras delicadamente construidas, tan pequeñas, tan elaboradas y tan brillantes, estaba magistralmente pintado un león agazapado con melena dorada y portentosas garras, bajo el león, decía con letras góticas apenas legibles Leo de tribu Iuda. No sé, hijo, exactamente de dónde viene, pero era de mi abuelo y, según sé, cuando él era niño estás cajas ya tenían mucho tiempo en la familia, son algo así, como las joyas de nuestra familia, la herencia menos esperada, pero la más simbólica.
Tomó la llavesita que estaba sobre la tapa, la introdujo dentro de la pequeña cerradura, la hizo girar, abrió la tapa y, envuelto en una tela vieja, que presentaba razgos de haber sido roja, había una piedra color oro. Eso es, lo que piensas, eso eso. Y es tuyo hasta que tenga que ser de alguien más, hijo. Ahora los tesoros familiares empiezan a pesar sobre ti. Eso es, hijo, el oro de la familia.
viernes, 24 de febrero de 2006
Para soñar
De regreso en mi casa -eran las 9:45 -descrubrí a Mota, mi gato, muerto. Estaba tirado enmedio de la sala, en el mueble donde guardo su alimento había señales de su frenesí. Lo levanté, lo metí en una caja de zapatos y lo deslicé bajo la cama. Lo menos que puedo hacer es concederle la venganza e imponerme la penitencia, de no dormir bien por el resto de mi vida.
lunes, 23 de enero de 2006
No olvidar
(Talvez logremos recordar, cuando nos hayamos ido, el calor de los cuerpos, el hálito de las bocas, lo filoso de las uñas, el olor de los cabellos.)
Déjame que te recuerde que la última vez que nos vimos el orgullo pudo más que tus deseos. Ojalá no vayas a seguir con eso, espero en dios que no vayas a seguir con eso. Despreocútate, no seguiré.
(Uno debe recordar el tipo de cosas que no debe olvidar, uno debe insistir en la memoria, uno debe tratar de no olvidar.)
¿Por qué no volviste? Espero que no sigas con eso. Olvidémonos de la satisfacciósn, recuerdo barbárico, remanente animal, olvidémosla por completo, pensemos: ¿qué es la satisfacción sino el placer puramente animal de presenciar cosas hechas -bien hechas -, logradas, terminadas, pulcras, primitivas? ¿Para qué queremos la satisfacción sino para recordar todo lo animal que somos?
Déjame que te recuerde que la última vez que nos vimos el orgullo pudo más que tus deseos. Ojalá no vayas a seguir con eso, espero en dios que no vayas a seguir con eso. Despreocútate, no seguiré.
(Uno debe recordar el tipo de cosas que no debe olvidar, uno debe insistir en la memoria, uno debe tratar de no olvidar.)
¿Por qué no volviste? Espero que no sigas con eso. Olvidémonos de la satisfacciósn, recuerdo barbárico, remanente animal, olvidémosla por completo, pensemos: ¿qué es la satisfacción sino el placer puramente animal de presenciar cosas hechas -bien hechas -, logradas, terminadas, pulcras, primitivas? ¿Para qué queremos la satisfacción sino para recordar todo lo animal que somos?
martes, 3 de enero de 2006
Saturno devorando a sus hijos
Es cuando las personas se desnudan y cuando tocan su cuerpo sin pensarlo, cuando las añoranzas juveniles ceden su lugar a las despreocupaciones emocionales propias de la edad adulta; es cuando el recuerdo del día más feliz en la preparatoria se vuelve borroso e incierto, es cuando la parte más emocionante de aquel viaje no alcanza a ser tan evidente ni con la fotografía en la mano, es así, irremediablemente, cuando nos vamos haciendo más viejos y la memoria nos abandona.
sábado, 24 de diciembre de 2005
Ladridos en la mar
Su nombre es Beatriz y tiene miedo de la mar. Cuando era niña sus padres decidieron hacer un viaje a las playas de Acapulco, tenían la idea de que a Beatriz, de cuatro años, quedaría encantada con las olas, el sol y la arena. Sin duda el viaje marcó su vida, sin duda aquellas vacaciones, las primeras en su vida, serían las que recordará hasta el fin de sus días. Llegaron al estado de Guerrero en avión, un viaje de Aeromexico, desde el Distrito Federal, más un breve recorrido en autobús, hasta un hotel con vista al mar atestado de turistas rojísimos por la sobreexposición al sol, sumaron un total de dos horas con todo y retrasos.
Al llegar al hotel, Beatriz estaba confundida y nerviosa entre tanta gente, de alguna manera sabía que algo no estaba bien. No sabía por qué, pero su piel se sentía extraña, demasiado húmeda, sus ojos resentían mucho más la luz del sol reflejada en el mármol lustrosísimo del lobbie. Su madre y ella se internaron en el baño de la planta baja mientras su papá confirmaba las reservaciones y se encargaba de que todo estuviera en orden. Beatriz no quitaba la mirada de su padre mientras se alejaban y perdían entre maletas, bultos y ¨güeros que hablaban como ladridos de perro". No Bety, no ladran, hablan otro idioma, explicaba su mamá mientras le cambiaba el pantalón por unas bermudas azul turquesa y sus zapatos por unas sandalias en uno de los cubículos del baño de mujeres. ¿Y ellos entienden lo que nosotras decimos? Preguntaba Beatriz Puede ser que algunos, pero otros no. Terminó por decir su mamá. Salieron del baño, regresaron al lobbie. La recepcionista les informó que su esposo había ido ya a la habitación y que pidió que lo alcanzaran en cuanto pudieran. Beatriz miró las palmeras y el cielo azulísimo a través de la gran puerta de cristal del hotel. Se encaminaron hacia el elevador, su mamá picó el botón de flecha abajo y esperaron un momento. El elevador se abrió dejando salir un alud de gente, Beatriz se escondió trás su madre y luego entraron, con ellas un montón de gente entró también. Pasaron por el primer piso, bajo algo de gente, pasaron por el segudno y nadie bajo, finalmente llegaron al tercero y bajaron. Buscaro la habitación 320. Empezaron a caminar por un largo corredor con muchas puertas. ¿Qué hacemos aquí mamá? ¿Dónde está mi papá? Preguntó Beatriz. Esto es un hotel ¿recuerdas que te hablé de ellos? Aquí vamos a dormir unos días y tú papá está en nuestro cuarto. El pasillo le parecía larguísimo, caminaron y por fin llegaron a su habitación. La puerta estaba entre abierta. Entraron. Beatriz empezó a husmear con desconfianza. De una puerta cerrada se escuchaba el ruido de la regadera. Beatriz se paró frente a la puerta de entrada, frente a sí había un ventanal grande con cortinas blancas batidas al viento y a través de ello podía mirar el mar, tan azul, el sol entraba con tal intensidad que era necesario entre cerrar los ojos para no quedar ciego. Beatriz miraba el horizonte de azules en competencia cuando escuchó la voz de su madre ¿te gusta? Beatriz asintió con la cabeza sin decir palabra. Te lo regalo. Voy por él. Vio a su madre ser tragada por el azul del mar y escuchó los ladridos nuevamente.
Al llegar al hotel, Beatriz estaba confundida y nerviosa entre tanta gente, de alguna manera sabía que algo no estaba bien. No sabía por qué, pero su piel se sentía extraña, demasiado húmeda, sus ojos resentían mucho más la luz del sol reflejada en el mármol lustrosísimo del lobbie. Su madre y ella se internaron en el baño de la planta baja mientras su papá confirmaba las reservaciones y se encargaba de que todo estuviera en orden. Beatriz no quitaba la mirada de su padre mientras se alejaban y perdían entre maletas, bultos y ¨güeros que hablaban como ladridos de perro". No Bety, no ladran, hablan otro idioma, explicaba su mamá mientras le cambiaba el pantalón por unas bermudas azul turquesa y sus zapatos por unas sandalias en uno de los cubículos del baño de mujeres. ¿Y ellos entienden lo que nosotras decimos? Preguntaba Beatriz Puede ser que algunos, pero otros no. Terminó por decir su mamá. Salieron del baño, regresaron al lobbie. La recepcionista les informó que su esposo había ido ya a la habitación y que pidió que lo alcanzaran en cuanto pudieran. Beatriz miró las palmeras y el cielo azulísimo a través de la gran puerta de cristal del hotel. Se encaminaron hacia el elevador, su mamá picó el botón de flecha abajo y esperaron un momento. El elevador se abrió dejando salir un alud de gente, Beatriz se escondió trás su madre y luego entraron, con ellas un montón de gente entró también. Pasaron por el primer piso, bajo algo de gente, pasaron por el segudno y nadie bajo, finalmente llegaron al tercero y bajaron. Buscaro la habitación 320. Empezaron a caminar por un largo corredor con muchas puertas. ¿Qué hacemos aquí mamá? ¿Dónde está mi papá? Preguntó Beatriz. Esto es un hotel ¿recuerdas que te hablé de ellos? Aquí vamos a dormir unos días y tú papá está en nuestro cuarto. El pasillo le parecía larguísimo, caminaron y por fin llegaron a su habitación. La puerta estaba entre abierta. Entraron. Beatriz empezó a husmear con desconfianza. De una puerta cerrada se escuchaba el ruido de la regadera. Beatriz se paró frente a la puerta de entrada, frente a sí había un ventanal grande con cortinas blancas batidas al viento y a través de ello podía mirar el mar, tan azul, el sol entraba con tal intensidad que era necesario entre cerrar los ojos para no quedar ciego. Beatriz miraba el horizonte de azules en competencia cuando escuchó la voz de su madre ¿te gusta? Beatriz asintió con la cabeza sin decir palabra. Te lo regalo. Voy por él. Vio a su madre ser tragada por el azul del mar y escuchó los ladridos nuevamente.
sábado, 17 de diciembre de 2005
Profecias
De ojos grises, como los de un gato y piernas largas con rodillas redondas, como las de las infames cigüeñas de Alcalá; con nariz larga como la de Pinocho, con todo y las horribles mentiras, será.
Si acaso la vida se reduce a un montón de tristezas, si acaso el recuerdo está condenado a desaparecer –o nos condena a olvidar –si acaso los cachorros siempre lloran de frustración y de tanto extrañar las tibias tetillas de sus madres, si acaso todo eso: ¡que venga más!
Si acaso la vida se reduce a un montón de tristezas, si acaso el recuerdo está condenado a desaparecer –o nos condena a olvidar –si acaso los cachorros siempre lloran de frustración y de tanto extrañar las tibias tetillas de sus madres, si acaso todo eso: ¡que venga más!
viernes, 2 de diciembre de 2005
Cruzada: todos con Alberto Espejel
Recientemente, ayer para ser exactos, dos de las princesas y yo nos dimos cuenta de lo "amable y buen pedo" que es Alberto Espejel: comentarios atinados, que hacen sentir bien, medidor seguro de lo pésimo que estamos escribiendo, fiel lector y comprometido comentarista.
Así que con esta "Cruzada: todos con Alberto Espejel" queremos rendirle un homenaje en vida a quien con sus comentarios nos hace creer y sentir que los blogs ¡viven, viven!
Así que con esta "Cruzada: todos con Alberto Espejel" queremos rendirle un homenaje en vida a quien con sus comentarios nos hace creer y sentir que los blogs ¡viven, viven!
lunes, 28 de noviembre de 2005
El Hierofante (fragmento)
¡Anticristo de sal y delirante,
partí la cruz en que morir pudiera!
¡Mas no compadezcaís al Hierofante!
-Germán Pardo García
partí la cruz en que morir pudiera!
¡Mas no compadezcaís al Hierofante!
-Germán Pardo García
martes, 22 de noviembre de 2005
¿qué será?
Estos últimos días me he sentido muy extraño: no mal; porque aun me puedo reir de cualquier cosa, ni enojado ni deprimido, es sólo que tengo esta sensación en el estomago, este sentimiento que me desconcentra por momentos, como si todos los ruidos tuvieran que ver conmigo, como si todas tragedias hablaran de mí, como si el reflector de un gran teatro me siguiera, expectante, para presenciar mi gran actuación. Es un poco paranoía, es un poco miedo, lo cierto es que no me deja dormir.
jueves, 10 de noviembre de 2005
senectud
Quiero tener manos de anciano,
para sostener lotos entre los dedos;
quiero tener ojos de anciano,
para mirarlo todo a través de nubes,
para ver
y
sentir el cielo.
para sostener lotos entre los dedos;
quiero tener ojos de anciano,
para mirarlo todo a través de nubes,
para ver
y
sentir el cielo.
lunes, 7 de noviembre de 2005
la traducción
La gente me aconseja que escriba una traducción del anterior post, pero probablmente no lo haré ¿Hay traducción que valga? ¿Hay taducción que salve el ritmo de este canto? Que originalmente debe estar en hebreo, sin embargo, este en latín tiene mucha musicalidad. Si quieren leer el texto en castellano encuéntrenlo en su biblia casera...
jueves, 3 de noviembre de 2005
eclesiástico 24:13-15
Quasi cedrus exaltata sum in Libano, et quasi cypresses in monte Sion. Quasi palma exaltata sum in Cades, et quasi plantatio rosae in Jericho. Quasi oliva speciosa in campis, et quasi platanus exaltata sum juxta aquam in plateis. Sicut cinnamomum, et balsamum aromatizans odorem dedi: quasi myrrha electa dedi suavitatem odoris.
lunes, 31 de octubre de 2005
En estos días mi madre no me habla. Sin una explicación convincente, mi madre ha dejado de dirigirme la palabra, asumo que es por cierto criterio que tiene sobre mis hábitos alimenticios, en verdad no lo sé. Cuando se pone así es símplemente imposible de tratar, anda de aquí para allá hablando con todo mundo, cantando, silbando o sentada en el comedor leyendo cualquier cosa, únicament ignorándome a mí. Desde que tengo memoria ha hecho este tipo de cosas conmigo: ignorarme. Y estoy casi seguro que lo ha hecho muchas más veces conmigo que con cualquiera otro de mis hermanos. A pesar de lo que todo mundo diga, por eso y otras razones, yo no soy ni puedo ser "el favorito" de mi mamá.
miércoles, 26 de octubre de 2005
fiesta
La cita era “después de las nueve”, el primer convidado llegó a las nueve treinta y todo estaba listo ya. La mesa y las diez sillas que se rentaron para la reunión habían llegado desde las tres de la tarde y los entremeses estaban recién salidos del horno: rebanadas de pan con salsa boloñesa, una rebanada de queso encima y bañados con aceite de oliva. Una delicia. Sobre la mesa pusieron un mantel azul marino; algunas bebidas estaban enfriándose en el refrigerador, otras dentro de una hielera y los refrescos estaban sobre la mesa –¿no será mucho? –preguntó Esteban –¿qué tal si ellos traen más? –siguió. Pues lo guardamos –sentenció Fulano.
Esta noche se reunirían para darle la despedida a Fulano, quien se iba a hacer su maestría en estudios latinoamericanos a la sureña ciudad de Buenos Aires. La música estaba programada de tal manera que todos se sintieran cómodos con lo que escucharían: sones cubanos, salsa, boleros, tangos y por supuesto, mucho jazz. Todos los convidados, por diversas razones, eran amantes del jazz, así que no había error: a todos les gustaría la música. Todo iniciaría con un brindis de Concha y Toro, para finalizar con muchas cervezas.
Era una de esas noches de diciembre que se ponen cada vez más frías conforme avanza y por eso, decidieron que sería buena idea poner el calefactor en un rincón de la sala, para que el frió no hiciera estragos en el ánimo de la reunión. Miguel –el primero en llegar – se ofreció a sacar las bebidas que estaban en el refrigerador, Esteban mientras tanto traería las copas –quince, por si llega algún colado –dijo provocando la risa de Fulano y de Miguel. Cerca de las nueve cuarenta y cinco se escuchó afuera el ruido de un motor que inmediatamente cesó. Súbitamente sonó el timbre. Fulano, que hasta ese momento estaba acomodando las sillas alrededor de la sala, se apresuró a atender la puerta. ¡Hermano! –Un efusivo saludo entró por la puerta y se apoderó de toda la casa –¿cómo que te nos vas a la tierra de Gardel, de Borges y de Martín Fierro? –y no olvides a Perón –interrumpió Fulano. Hubo un estallido de risas acompañado de un entrelazamiento de cuerpos. Eran Isaac y su esposa Rebeca. Todos entraron a la casa y se dirigieron a la sala, antes de que se instalaran en el sofá, otro automóvil se estacionaba –¿quién será ahora? –preguntó Fulano buscando con la mirada a Esteban –iré a ver –respondió este. De un coche blanco bajaron tres personas. Conducía Lucinda, antigua amante de Fulano, la acompañaba su hermana, Josefa, quien en tiempos pasados fuera compañera de estudios de Esteban y con ellas venía “el Gordo”, el bufón del grupo. Ya eran las diez y diez de la noche o, mejor dicho, las veintidós horas y diez minutos de la noche. La noche buena había pasado hace dos noches el año nuevo estaba a cuatro noches de llegar. Las calles no estaban tan transitadas como cualquier fecha, en el aire se respira la nostalgia de los días que no han de volver. Pero para Fulano la nostalgia acabaría pronto.
Cuenta Esteban que Fulano era una de esas personas que te llevaban a los extremos –lo amas o lo odias –dijo en entrevista. –Él siempre tuvo un humor muy especial: encontraba los pequeños defectos de la gente y los magnificaba frente a sus ojos. La mayoría lo entendía, pues todos éramos adultos y habíamos compartido tantas cosas ya, que cualquier cosilla era insuficiente para ofendernos, es más era debido a su humor que muchas personas lo apreciábamos. Nunca creí que alguien le hiciera algo tan bajo y peor aun, que fuera uno de nuestro llamados “amigos”.
De la universidad de Buenos Aires llegó, fechada veinte de enero de 2005, una carta en la que se notificaba al Licenciado Fulano de Trapo, que había perdido los beneficios de su beca por no presentarse en las fechas acordadas a la Coordinación de Relaciones Exteriores para dar de alta su matrícula. En las manos de Esteban, el papel parece un pañuelo con el que se ha limpiado las lágrimas del último mes. Su semblante es oscuro y decaído, los codos, apoyados en la mesa de la misma sala de aquella fiesta, apenas si sostienen su cabeza oval, el cigarrillo en la mano derecha, despide volutas de humo que se elevan como incienso sagrado. Cuando Terminó mi encuentro con Esteban –todo esto, como dicen los gringos, off the record –cuando apagué mi grabadora, él rompió en llanto, llamando a su recién muerto amigo, maldiciendo las botellas de vino y cerveza que vuelven a todos un manojo de bestias, maldiciendo la era de bronce y la invención de herramientas y cuchillos, maldiciendo la vida y maldiciendo a la muerte. Sus últimas palabras, antes de sacarme del lugar a empellones y agradecer mi visita fueron: “pinche Gordo, siempre fuiste tan pendejo”.
Esta noche se reunirían para darle la despedida a Fulano, quien se iba a hacer su maestría en estudios latinoamericanos a la sureña ciudad de Buenos Aires. La música estaba programada de tal manera que todos se sintieran cómodos con lo que escucharían: sones cubanos, salsa, boleros, tangos y por supuesto, mucho jazz. Todos los convidados, por diversas razones, eran amantes del jazz, así que no había error: a todos les gustaría la música. Todo iniciaría con un brindis de Concha y Toro, para finalizar con muchas cervezas.
Era una de esas noches de diciembre que se ponen cada vez más frías conforme avanza y por eso, decidieron que sería buena idea poner el calefactor en un rincón de la sala, para que el frió no hiciera estragos en el ánimo de la reunión. Miguel –el primero en llegar – se ofreció a sacar las bebidas que estaban en el refrigerador, Esteban mientras tanto traería las copas –quince, por si llega algún colado –dijo provocando la risa de Fulano y de Miguel. Cerca de las nueve cuarenta y cinco se escuchó afuera el ruido de un motor que inmediatamente cesó. Súbitamente sonó el timbre. Fulano, que hasta ese momento estaba acomodando las sillas alrededor de la sala, se apresuró a atender la puerta. ¡Hermano! –Un efusivo saludo entró por la puerta y se apoderó de toda la casa –¿cómo que te nos vas a la tierra de Gardel, de Borges y de Martín Fierro? –y no olvides a Perón –interrumpió Fulano. Hubo un estallido de risas acompañado de un entrelazamiento de cuerpos. Eran Isaac y su esposa Rebeca. Todos entraron a la casa y se dirigieron a la sala, antes de que se instalaran en el sofá, otro automóvil se estacionaba –¿quién será ahora? –preguntó Fulano buscando con la mirada a Esteban –iré a ver –respondió este. De un coche blanco bajaron tres personas. Conducía Lucinda, antigua amante de Fulano, la acompañaba su hermana, Josefa, quien en tiempos pasados fuera compañera de estudios de Esteban y con ellas venía “el Gordo”, el bufón del grupo. Ya eran las diez y diez de la noche o, mejor dicho, las veintidós horas y diez minutos de la noche. La noche buena había pasado hace dos noches el año nuevo estaba a cuatro noches de llegar. Las calles no estaban tan transitadas como cualquier fecha, en el aire se respira la nostalgia de los días que no han de volver. Pero para Fulano la nostalgia acabaría pronto.
Cuenta Esteban que Fulano era una de esas personas que te llevaban a los extremos –lo amas o lo odias –dijo en entrevista. –Él siempre tuvo un humor muy especial: encontraba los pequeños defectos de la gente y los magnificaba frente a sus ojos. La mayoría lo entendía, pues todos éramos adultos y habíamos compartido tantas cosas ya, que cualquier cosilla era insuficiente para ofendernos, es más era debido a su humor que muchas personas lo apreciábamos. Nunca creí que alguien le hiciera algo tan bajo y peor aun, que fuera uno de nuestro llamados “amigos”.
De la universidad de Buenos Aires llegó, fechada veinte de enero de 2005, una carta en la que se notificaba al Licenciado Fulano de Trapo, que había perdido los beneficios de su beca por no presentarse en las fechas acordadas a la Coordinación de Relaciones Exteriores para dar de alta su matrícula. En las manos de Esteban, el papel parece un pañuelo con el que se ha limpiado las lágrimas del último mes. Su semblante es oscuro y decaído, los codos, apoyados en la mesa de la misma sala de aquella fiesta, apenas si sostienen su cabeza oval, el cigarrillo en la mano derecha, despide volutas de humo que se elevan como incienso sagrado. Cuando Terminó mi encuentro con Esteban –todo esto, como dicen los gringos, off the record –cuando apagué mi grabadora, él rompió en llanto, llamando a su recién muerto amigo, maldiciendo las botellas de vino y cerveza que vuelven a todos un manojo de bestias, maldiciendo la era de bronce y la invención de herramientas y cuchillos, maldiciendo la vida y maldiciendo a la muerte. Sus últimas palabras, antes de sacarme del lugar a empellones y agradecer mi visita fueron: “pinche Gordo, siempre fuiste tan pendejo”.
recuerdo de las flores sembradas en mi jardín
En mi jardín trasero hay una flor silvestre, en medio del césped, sola, amarilla, ridículamente buscando el sol en la noche. Desde la ventana de mi cuarto, que tiene vista a ese jardín, la veo, desproporcionada en sus dimensiones: hojas grandes, verdes, periformes y alargadas; tallo pequeño y delgado. La flor destella en la noche con un brillo que me recuerda al sol matutino de los inviernos meridionales, me trae recuerdos de otras flores, más grandes, pero menos amarillas, me trae, finalmente, el recuerdo de ojos que han brillado con ese amarillo frente a sí, con la mirada fija en flores tan amarillas como esta, ojos que, a pesar de tener el color glauco de los tallos, se iluminan de sol con el sol diáfano de los inviernos mediterráneos enraizados en mi jardín trasero.
jueves, 13 de octubre de 2005
a todos
Señores:
Heme aquí sin mucho qué decir, heme aquí compartiendo un momento sórdido, heme aquí con el ánimo distraido y la mente difusa...
Heme aquí sin mucho qué decir, heme aquí compartiendo un momento sórdido, heme aquí con el ánimo distraido y la mente difusa...
miércoles, 28 de septiembre de 2005
milagritos
En todas las iglesias hay santos: san José, san Pedro, santa Catarina, san Pablo, san Ignacio, santa Isabel, san Judas, en fin, todos los santos clásicos y hay otros santos endémicos como san Juan Diego en el caso de México. Precisamente es aquí, en México –desconozco si la actividad se realice en otro país, es muy probable que sí –se tiene la costumbre de colgarles a los santos milagritos o, mejor dicho, mandas que son una especie de agradecimientos por algún favor recibido o bien promesas que se hacen a tal o cual santo y que se materializan en pequeños dijes con la forma o silueta de niños, hombre mayores, parejas, o bien, la parte del cuerpo por la que se pide el favor, la mayoría de los casos, sanación: una pierna, un brazo, etc. Son bien conocidos los casos específicos de san Antonio (el que está cargando al niño) a quien se acostumbra colgar listones rojos para conseguir novio o san Judas Tadeo, a quien se le asocia con la bienaventuranza en el trabajo.
Lo anterior lo reflexioné hoy cuando caminaba por el centro; debo, para esto, explicar que desde hace un par de meses he estado haciendo un ejercicio bastante peculiar: me he dado a la tarea de recoger cuanto clip para hojas encuentro o, mejor dicho, se me aparece en la calle. Sí, contrario a lo que se podría pensar, la gente pierde muchos más clips para sus hojas de los que imaginaríamos; grandes, pequeños, muy pequeños, etc. De todos tamaños y en todas partes hay clips abandonados: olvidados en las intersecciones de las lajas de las banquetas, entre los adoquines del arroyo vehicular, en los baños, en las bancas de los parques ¡hasta en los bares! ¡Cuántos clips hay por las calles! Así pues, yo los recojo en cuanto los veo. Algunos brillan, por extraños fenómenos visuales, con la luz del sol o de alguna luminaria, otros están ahí opacos entre pelusas y motas de polvo, otros mojados por extraños fluidos de los cuales no quiero ahondar en su procedencia y otros simplemente están, sin pena ni gloria.
Entonces hoy, mientras recogía uno, pensé en el por qué de mi actividad, llegué a la cuenta de que yo también estaba cumpliendo una manda, que el destino de esos clips para hojas –cuyos antecedentes serán motivos de posteriores comentarios: ¿de quién eran, quién se lamentó por su pérdida, qué problemas causó y por qué terminaron botados donde yo los encontré? –era ser entregados a una especie de ser etéreo, un numen físico-metafísico para agradecer por favores recibidos y para pedir beneficios para mí. La diferencia principal es que mi templo no es una iglesia, que a quien se los cuelgo no es ningún santo, clásico o endémico, adorado por todos, sino uno adorado sólo por mí, su manto no es un manto único y totémico, su manto es una cartera y el mote que lleva, es el del niño dios.
Espero que mis plegarias sean escuchadas, que mis ofrendas sean agradables y bien recibidas para que, de esta manera, pueda seguir con mi actividad, con mi tarea: con mi manda.
Lo anterior lo reflexioné hoy cuando caminaba por el centro; debo, para esto, explicar que desde hace un par de meses he estado haciendo un ejercicio bastante peculiar: me he dado a la tarea de recoger cuanto clip para hojas encuentro o, mejor dicho, se me aparece en la calle. Sí, contrario a lo que se podría pensar, la gente pierde muchos más clips para sus hojas de los que imaginaríamos; grandes, pequeños, muy pequeños, etc. De todos tamaños y en todas partes hay clips abandonados: olvidados en las intersecciones de las lajas de las banquetas, entre los adoquines del arroyo vehicular, en los baños, en las bancas de los parques ¡hasta en los bares! ¡Cuántos clips hay por las calles! Así pues, yo los recojo en cuanto los veo. Algunos brillan, por extraños fenómenos visuales, con la luz del sol o de alguna luminaria, otros están ahí opacos entre pelusas y motas de polvo, otros mojados por extraños fluidos de los cuales no quiero ahondar en su procedencia y otros simplemente están, sin pena ni gloria.
Entonces hoy, mientras recogía uno, pensé en el por qué de mi actividad, llegué a la cuenta de que yo también estaba cumpliendo una manda, que el destino de esos clips para hojas –cuyos antecedentes serán motivos de posteriores comentarios: ¿de quién eran, quién se lamentó por su pérdida, qué problemas causó y por qué terminaron botados donde yo los encontré? –era ser entregados a una especie de ser etéreo, un numen físico-metafísico para agradecer por favores recibidos y para pedir beneficios para mí. La diferencia principal es que mi templo no es una iglesia, que a quien se los cuelgo no es ningún santo, clásico o endémico, adorado por todos, sino uno adorado sólo por mí, su manto no es un manto único y totémico, su manto es una cartera y el mote que lleva, es el del niño dios.
Espero que mis plegarias sean escuchadas, que mis ofrendas sean agradables y bien recibidas para que, de esta manera, pueda seguir con mi actividad, con mi tarea: con mi manda.
miércoles, 21 de septiembre de 2005
efectos
Lejos de todo, lejos del ruido y el bullicio de la ciudad, de las voces molestas y las risas insolentes, mi vida no es más que un suspiro del hálito divino, no es más que un molesto de ja-vu en la memoria del universo.
jueves, 8 de septiembre de 2005
la cara que conocí, la voz que escuché
FFyL
En situación como esta quisiera ser un virtuoso de la palabra para cantar una gran oda, dar rienda suelta a los sentimientos y llenar una página eterna en la memoria de la humanidad, elevar su nombre a la altura de los sempiternos númenes y hacerlo permanecer ahí; pero no lo soy, no lo soy y no puedo. Creo que jamás me había sentido como hoy, en verdad, me llena de tremendo pesar, me sobrecoge y me sobrepasa. Yo trato de no recordar, pero las imágenes de ese rostro y los timbres de esa voz, se presentan en mi mente, dejando un espacio vacuo donde la noche cae con su frío manto.
No soy ningún virtuoso y no puedo cantar una gran oda, sólo puedo cerrar los ojos, tocarme la barbilla y pensar: ¿dónde están sus pensamientos ahora?
con mucho pesar: Puebla, nueve de septiembre de dos mil cinco
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